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Cuando la Navidad no es amable

Sobre la aceptación, el juicio y la realidad

La Navidad llega cada año con una promesa que no es universal. Para algunos, trae regreso, calidez y diversión. Para otros, llega como una temporada de exposición, en lo que aquello que estuvo roto, ausente o negado se vuelve más difícil de ignorar. Los días son más cortos ( lo estoy escribiendo desde Europa), el ruido es mayor, y la ausencia encuentra siempre la manera de hacerse notar.


Gran parte del sufrimiento de esta época no proviene de lo que ocurre, sino de lo que la mente hace con eso. Los estoicos entendieron bien este punto. Observaban que los acontecimientos en sí suelen ser modestos en su fuerza, mientras que los juicios que les añadimos no lo son.


El hecho puede ser simple: no estás con tu familia. Lo que sigue rara vez es simple. La mente empieza a hablar, en silencio y sin pedir permiso. Algo está mal conmigo. Algo está mal con ellos. Yo debería ser diferente. Ellos deberían ser diferentes. Me están rechazando. Estoy fallando en algo que todos los demás parecen manejar. No soy deseado. No pertenezco. Estos pensamientos no llegan como preguntas; llegan como conclusiones, y antes de notarlo, un hecho se transforma en un veredicto.


Los estoicos insistían en que este momento importa. Epicteto escribió que las personas no se alteran por los hechos, sino por el significado que les atribuyen. La Navidad, con sus rituales y expectativas, ofrece significado en abundancia. Invita a la comparación, a la memoria y al anhelo a hablar todos al mismo tiempo.


Cuando la familia no ha sido amable, la distancia suele confundirse con fracaso. Puede sentirse como prueba de insuficiencia o como un abandono que reaparece bajo otra forma. Sin embargo, la distancia puede significar muchas cosas. Puede ser protección frente al daño. Puede ser el reconocimiento de que la cercanía nunca fue segura. Puede ser que otros no sepan vincularse sin control o exigencia. Y a veces, por más difícil que sea aceptarlo, puede significar simplemente que otros no desean cercanía. Los estoicos no nos pedirían suavizar esta verdad. Nos pedirían verla con claridad.


Marco Aurelio se recordaba a sí mismo que lo que otros piensan, eligen o rechazan les pertenece. El trabajo que queda es más estrecho y más silencioso: gobernar el propio juicio y negarse a actuar contra el propio carácter como respuesta a la limitación ajena.


La aceptación comienza aquí. No como aprobación, ni como resignación, sino como precisión. Séneca aconsejaba que aquello que no puede reformarse debe ser soportado. Soportar, en su sentido, no implicaba amargura ni colapso. Implicaba dejar de discutir con lo que ya ocurrió.

Cuando esa discusión persiste, no se queda solo en la mente. Se instala en el cuerpo. Los hombros se tensan. La respiración se acorta. El sueño se vuelve inquieto.

Marco Aurelio describió la ansiedad como una perturbación contraria a la naturaleza, una especie de desorden interior. La naturaleza no discute sus estaciones. Llega el invierno y el cuerpo tiembla. Vuelve el verano y el cuerpo transpira. El sufrimiento comienza cuando la mente se niega a aceptar el frío.


Aceptar es permitir que esa resistencia afloje. Cuando el juicio se suaviza, el cuerpo acompaña. Los estoicos no dramatizaban este proceso. Lo practicaban quitando a las cosas el exceso de significado y devolviéndolas a su forma más simple.

Epicteto ofrecía una imagen para esta disciplina. Decía que todo tiene dos asas: una por la que puede ser llevado, y otra por la que no. El acontecimiento es el mismo. La forma en que lo sostenemos determina si nos hiere.


La Navidad es una ola de este tipo. Llega, se la invite o no. Marco Aurelio imaginaba la mente entrenada como una roca firme mientras las olas rompen contra ella. La ola no pide permiso. Llega, golpea y pasa. La roca no la persigue.

No hay triunfo en esta postura. Hay, simplemente, firmeza. Séneca escribió que el sabio no pone una interpretación equivocada en todo. A veces, la sabiduría no es más que negarse a añadir crueldad al dolor.


Marco Aurelio observó que se necesita muy poco para una buena vida. No porque la vida sea generosa, sino porque la claridad alcanza.

Cuando el juicio se libera, lo que queda suele ser soportable, incluso en temporadas que no son amables.

La Navidad pasa. Las luces se apagan. Los días comienzan, lentamente, a alargarse.

Lo que permanece es la mente que uno lleva consigo.

Los estoicos no prometieron consuelo. Ofrecieron algo más discreto y más duradero: la posibilidad de mantenerse intacto.


Una reflexión estoica para el día de Navidad

Sentate en silencio y notá lo que está presente, sin llamarlo bueno ni malo. El día llegó. El cuerpo está acá. La respiración entra y sale sin necesidad de indicaciones.

Decite a vos mismo: esto es lo que fue dado. Lo que no fue dado no me corresponde exigirlo.

Si hay tensión, dejá que se afloje sin intentar expulsarla. Si surge una emoción, permitile pasar sin buscar explicarla.

Recordá la advertencia de Marco Aurelio: tenés poder sobre tu mente, no sobre los acontecimientos externos.

Ahí se encuentra la fortaleza.

Dejá que el día pase.

Mantenete en pie.


Una recomendación personal


Si hoy se siente pesado, no hace falta cargarlo con excesiva solemnidad. A veces ayuda mover la atención hacia algo más simple y más amable.


Hacé algo pequeño por otra persona; una sonrisa alcanza. Mirá algo que te haga reír. Comé tu postre favorito ( SEGURO QUE TIENE DULCE DE LECHE!) sin pensarlo demasiado. Notá la ternura de la sonrisa de un bebé o la alegría sencilla de los animales.

Nada de esto lo arregla todo. Pero puede aflojar la dificultad del momento y, en ocasiones, hacer el día un poco más liviano y tal vez para alguien más también.

Hoy no necesitás resolver nada.

Permití simplemente que exista un poco de ligereza.


Si estos día nos enseñan algo, tal vez sea esto: la mente también puede entrenarse. Y cuanto mejor entrenada está, menos solos nos sentimos en momentos como estos.



 
 
 

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